LAS CALLES OSCURAS

 


LAS CALLES OSCURAS

                                                       

                                      Gerardo Barbera


1

Desperté mucho más temprano que de costumbre,

eran cerca de las cuatro de la madrugada.

La calle estaba oscura, no se veía ni un alma.

¡Bueno!, yo seguí caminando como si nada,

aunque le tenía miedo al desgraciado perro,

callejero de raza mestiza, desgraciado,

yo sé que se esconde entre los oscuros arbustos,

al cruzar la esquina de la bodega de Ramón.

Dios, cómo pasan los años, ya quedan migajas,

de la vieja bodega del difunto Ramón.

2 

 

Cómo pasa el tiempo, Dios, cómo pasa la vida, 

hace pocos meses murió, se quedó dormido,

sin alegrías, sentado en su silla de cuero.

 Dios mío, pensar que estudiamos juntos, hace años,

en la escuela del barrio, tantos sueños lejanos,

tanto trabajar, murió pobre, triste y cansado,

  nada en la bodega, ni una lata de sardinas,

el velorio fue solitario, sin revolución.

3

Se diluye la vida en las arenas del mar,

  pensando en mil soledades,  llegué a la farmacia.

 oye, qué suerte, pocas personas en la cola,  

llegué de cuarto, siento esa alegría profunda, 

pero las tristes sorpresas que te da la vida,

bueno, como siempre, a las siete de la mañana,

 llegó el vigilante para darnos los números,

el corazón en mi pecho, la emoción, el susto,

me temblaban todos mis huesos, enmudecí.

 

 4

Me dieron mi tique, le grité a ese vigilante,

me dijo, que si yo no quería el “ciento cuatro”,

que se lo devolviera—por qué tanta humillación—.

La vejez, la pobreza, son realmente el final,

el mundo militar es muerte absurda, sólo eso.

Llegaron dos camionetas repletas de gente,

comenzaron a colearse, todo en perfecto orden,

civiles, milicianos, líderes comunales,

la revolución de los honestos comandantes,

la felicidad, qué importan esos pobres viejos,

 “ciento cuatro”, no tuve valor para romperlo.

 

5

 

Se imaginan, quedé de “ciento cuatro” en la cola,

tenía muchas ganas de llorar de vergüenza,

 simplemente hice mi cola, como un viejo más,

de esos que sobran en la vida, una flor común,

un ser tratado como basura, un voto nulo,

este mundo me traiciona, ya nadie me mira,

 soy demasiado viejo para usar esas botas,

para mí no hay revolución, sólo miserias,

las calles no son las misma de ayer, tengo miedo,

se lo llevan todo, como animales hambrientos,

se empujan, gritan, son militares, tengo miedo.

 

6

 

La crema dental sólo alcanzó hasta el ciento dos.

 no miento, el vigilante simplemente gritó,

"ya se terminó la crema, así que a despejar".

Todo había acabado a las diez de la mañana,

el tiempo se detiene, yo trato de entender,

qué ha pasado con mi Patria, siguen empujando,

 la vecina reclama sus sagrados derechos,

algunos ríen, se burlan, la vecina llora. 

 

7

 

 No tenía  valor para llegar a mi casa,

así, con las manos vacías,  triste, sin nada,

el agua se detiene sin brillo, apagada. 

A mi edad, anciano, no me da pena llorar,

no puedo más, son lágrimas de un viejo cansado,

a nadie le importa si existo, todos se van,

muere la pobreza indefensa, esos militares,

las flores más altas también se las lleva el viento,

la llovizna empaña mi rostro, quiero dormir.

 

8

 

Cerca de mí, había una señora militante,

de las que habían venido en esas camionetas,

llevaba las cremas dentales en una bolsa,

una idea en mi mente, fácil de adivinar,

tengo que arrancarle esa bolsa, luego a correr.


9

 

Les cuento, observé, caminé y cuando estuve cerca,

 le arranqué la bolsa y a correr, por Dios, a mis  años,

  mi último recuerdo fue el puñetazo en el ojo,

 el vigilante me golpeaba, me empujó,

 caí como un muñeco, casi que me desmayo,

mientras la tipa esa me gritaba con rencor,

“viejo ladrón, sin vergüenza, dame acá mi bolsa”.

 

10 

 Me encerraron en una patrulla policial,

yo estaba avergonzado, un pobre viejo, cansado,

con el ojo morado, dolores en la cara,

derrotado, una tristeza profunda en el alma,

risas y burlas, el payaso de la mañana,

el viejo bufón, sin dignidad, sin libertad,

el agua estancada que se seca lentamente,

qué sentido tiene seguir, mejor es morir.

 

11

 

Abren la puerta, el policía me dejó libre,

los ojos se me aguaron, otra vez a llorar,

en el asiento delantero de la patrulla,

 el reloj pagado a cambio de mi libertad.

Caminaba mirando el piso, había una cruz,

con el nombre de “Miguel Vargas”, un estudiante,

diecinueve años, universitario, estudiante,

un disparo en la espalda, se arrastraba sin fuerzas,

le dieron la vuelta, le dispararon al pecho,

mañana regresaré, tal vez ellos se burlen,

prenderé una vela por Miguel, aunque se burlen.

 

 

                                                                                                                


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