LAS CALLES OSCURAS
LAS CALLES OSCURAS
1
Desperté mucho más temprano que
de costumbre,
eran cerca de las cuatro de la
madrugada.
La calle estaba oscura, no
se veía ni un alma.
¡Bueno!, yo seguí caminando
como si nada,
aunque le tenía miedo al
desgraciado perro,
callejero de raza mestiza, desgraciado,
yo sé que se esconde entre los oscuros
arbustos,
al cruzar la esquina de la
bodega de Ramón.
Dios, cómo pasan los años, ya
quedan migajas,
de la vieja bodega del difunto
Ramón.
2
Cómo pasa el tiempo, Dios, cómo
pasa la vida,
hace pocos meses murió, se
quedó dormido,
sin alegrías, sentado en su
silla de cuero.
Dios mío,
pensar que estudiamos juntos,
hace años,
en la escuela del barrio, tantos
sueños lejanos,
tanto trabajar, murió pobre,
triste y cansado,
nada en
la bodega, ni una lata de sardinas,
el velorio fue solitario, sin
revolución.
3
Se diluye la vida en las arenas
del mar,
pensando en mil soledades, llegué a la
farmacia.
oye, qué suerte, pocas personas en la cola,
llegué de cuarto, siento esa
alegría profunda,
pero las tristes sorpresas que
te da la vida,
bueno, como siempre, a las siete
de la mañana,
llegó el vigilante para darnos los números,
el corazón en mi pecho, la
emoción, el susto,
me temblaban todos mis huesos,
enmudecí.
4
Me dieron mi tique, le grité a
ese vigilante,
me dijo, que si yo no quería el
“ciento cuatro”,
que se lo devolviera—por qué tanta
humillación—.
La vejez, la pobreza, son
realmente el final,
el mundo militar es muerte
absurda, sólo eso.
Llegaron dos camionetas
repletas de gente,
comenzaron a colearse, todo en
perfecto orden,
civiles, milicianos, líderes
comunales,
la revolución de los honestos
comandantes,
la felicidad, qué importan esos
pobres viejos,
“ciento cuatro”, no tuve valor para romperlo.
5
Se imaginan, quedé de “ciento
cuatro” en la cola,
tenía muchas ganas de llorar de
vergüenza,
simplemente hice mi cola, como un viejo más,
de esos que sobran en la vida,
una flor común,
un ser tratado como basura, un
voto nulo,
este mundo me traiciona, ya
nadie me mira,
soy demasiado viejo para usar esas botas,
para mí no hay revolución, sólo
miserias,
las calles no son las misma de
ayer, tengo miedo,
se lo llevan todo, como
animales hambrientos,
se empujan, gritan, son
militares, tengo miedo.
6
La crema dental sólo alcanzó
hasta el ciento dos.
no miento,
el vigilante simplemente gritó,
"ya se terminó la crema,
así que a despejar".
Todo había acabado a las diez
de la mañana,
el tiempo se detiene, yo trato
de entender,
qué ha pasado con mi Patria,
siguen empujando,
la vecina reclama sus sagrados derechos,
algunos ríen, se burlan, la
vecina llora.
7
No tenía
valor para llegar a mi casa,
así, con las manos vacías, triste, sin nada,
el agua se detiene sin brillo,
apagada.
A mi edad, anciano, no me da
pena llorar,
no puedo más, son lágrimas de
un viejo cansado,
a nadie le importa si existo,
todos se van,
muere la pobreza indefensa,
esos militares,
las flores más altas también se
las lleva el viento,
la llovizna empaña mi rostro,
quiero dormir.
8
Cerca de mí, había una señora
militante,
de las que habían venido en
esas camionetas,
llevaba las cremas dentales en
una bolsa,
una idea en mi mente, fácil
de adivinar,
tengo que arrancarle esa bolsa,
luego a correr.
9
Les cuento, observé, caminé y
cuando estuve cerca,
le arranqué la bolsa y a correr, por
Dios, a mis años,
mi último recuerdo fue
el puñetazo en el ojo,
el vigilante me golpeaba, me empujó,
caí como un muñeco, casi
que me desmayo,
mientras la tipa esa me gritaba
con rencor,
“viejo ladrón, sin vergüenza, dame
acá mi bolsa”.
10
Me encerraron en una patrulla policial,
yo estaba avergonzado, un pobre
viejo, cansado,
con el ojo morado, dolores en
la cara,
derrotado, una tristeza
profunda en el alma,
risas y burlas, el payaso de la
mañana,
el viejo bufón, sin dignidad,
sin libertad,
el agua estancada que se seca
lentamente,
qué sentido tiene seguir, mejor
es morir.
11
Abren la puerta, el policía me
dejó libre,
los ojos se me aguaron, otra vez
a llorar,
en el asiento delantero de la
patrulla,
el reloj pagado a cambio de mi libertad.
Caminaba mirando el piso, había
una cruz,
con el nombre de “Miguel Vargas”,
un estudiante,
diecinueve años, universitario,
estudiante,
un disparo en la espalda, se
arrastraba sin fuerzas,
le dieron la vuelta, le
dispararon al pecho,
mañana regresaré, tal vez ellos se burlen,
prenderé una vela por Miguel, aunque se
burlen.

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